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Pero la semilla sembrada en buena tierra representa a los que oyen el mensaje y lo entienden y dan una buena cosecha, como las espigas que dieron cien, sesenta o treinta granos por semilla.
Mateo 13,23
En la parábola del sembrador, Jesús nos enseña que el fruto de la Palabra depende de la tierra en la que cae, y esa tierra es nuestro corazón. En los tiempos modernos, esta realidad es visible: las distracciones, las dificultades y las preocupaciones sofocan fácilmente la voz de Dios en nosotros.
Algunos viven como la semilla al borde del camino: la Palabra apenas llega y ya se pierde en el ruido de las redes, las noticias y las prisas. Otros son como el pedregal: empiezan bien, pero se rinden ante los desafíos, sin raíces profundas. También están los que están entre espinas: incluso quieren el cambio, pero están asfixiados por las ansiedades, las ambiciones y el miedo constante al futuro. Por último, hay personas que se convierten en buena tierra: acogen la Palabra con sinceridad, la cultivan con paciencia y permiten que dé fruto, generando vida y transformación a su alrededor.
¿Qué clase de tierra hemos sido? Ser buena tierra hoy requiere un
esfuerzo consciente: menos distracción, más espacio para Dios; menos ansiedad, más confianza; menos prisa, más perseverancia. La semilla sigue sembrándose. La transformación es posible. ¿Estamos preparados para recibirla?
Señor, haz que mi corazón sea tierra fértil. Ayúdame a quitar las piedras de la superficialidad, arrancar las espinas de las preocupaciones y alejar las distracciones que ahogan tu voz. Enséñame a acoger tu palabra con fe y paciencia, para que mi vida dé fruto para tu gloria. En el nombre de Jesús. Amén.
Nestor Paulo Friedrich