Oh, Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga fielmente. Haz que mi corazón honre tu nombre.
Salmo 86,11
En medio de las prisas, la ansiedad y la incertidumbre de hoy, el Salmo 86,11-13 resuena como un grito urgente: “Enséñame tu camino, Señor”. Hay muchos caminos que se nos invita a seguir -el éxito, el reconocimiento, el placer-, pero no siempre sabemos cuál conduce a la verdadera paz. El salmista reconoce su necesidad de dirección divina; también nosotros necesitamos dejarnos guiar por la verdad de Dios, y no sólo por nuestros deseos o por las presiones que la sociedad de consumo quiere imponernos.
“Pon mi corazón a temer sólo tu nombre” es la petición de alguien que comprende lo fácil que es perderse entre tantas voces. Temer a Dios es venerarlo por amor y confiar en él por encima de todas las cosas. En tiempos de tantas “verdades” que nos enfrentan, de polarizaciones que nos debilitan, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que realmente importa.
La alabanza que sale “del corazón” es una invitación a la fidelidad que no depende de las circunstancias. En un mundo donde todo es rápido y desechable, Dios nos llama a una relación continua y verdadera.
Al recordar que fue salvado “de las profundidades del infierno”, el salmista nos recuerda que incluso en nuestros abismos emocionales y espirituales, en situaciones de fragilidad, la misericordia de Dios es capaz de rescatarnos y restaurar la vida.
Señor, enséñame tu camino y afirma mis pasos en tu verdad. Haz que mi corazón te ame y confíe en ti por encima de todo. Líbrame de los abismos que encuentro y sostenme con tu misericordia. Amén.
Nestor Paulo Friedrich