Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad, mírame y ten misericordia de mí; da tu poder a tu siervo y guarda al hijo de tu sierva.
Salmo 86,15-16
Podríamos suponer que, tal vez, el salmista se da cuenta que “metió la pata”, cometió un error; porque reconoce que Dios es lento para la ira y muy misericordioso. Es decir, Dios tendría motivos para molestarse por alguna situación particular que hubiera ocurrido. Pero a pesar de eso, igual le pide poder y cuidado.
Cada uno de nosotros bien podemos identificarnos con el autor del salmo. Más de una vez somos conscientes de que no actuamos de la manera que Dios espera, y a pesar de eso, sabemos con certeza, que nuestro Padre no nos abandona.
De todos modos, no se trata solo de saber sino también de ser responsables de nuestros actos. Vivimos momentos en que los hechos se suceden tan rápido, que en más de una oportunidad una noticia “tapa” a otra, porque la supera, es más “novedosa”, o simplemente se instala un nuevo tema. Así también nosotros pasamos “de una cosa a otra” y a veces no percibimos el efecto de nuestras acciones.
El salmista reconoce la gran misericordia de Dios y por eso pide que lo mire. Es fundamental que también nosotros nos miremos, que podamos ser honestos con nuestros actos antes de pedir ayuda. Y especialmente confiemos siempre en la misericordia, el espíritu y el amor de nuestro Dios.
“Oh, Dios eterno, tu misericordia ni una sombra de duda tendrá; tu compasión y bondad nunca fallan y por los siglos el mismo serás” (Cancionero Canto y Fe Nº 263).
Susana Carolina Plem