Viernes 17 de julio

Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!”.

Romanos 8,14-15

En tiempos en los que existía la esclavitud, familias enteras eran privadas de su libertad y sometidas al dominio de un amo, viviendo situaciones de violencia, explotación y abuso.
En la actualidad, también suelen aparecer denuncias sobre condiciones de esclavitud y trata de personas en talleres clandestinos, fábricas o granjas donde seres humanos son obligados a realizar tareas en ambientes inhumanos, con malos tratos y magros salarios.
Las víctimas suelen ser personas extranjeras o de otras provincias a las que se engaña con promesas de trabajo y a las que se les quitan los documentos. Estas personas viven con miedo a las represalias y a la muerte.
El apóstol Pablo utiliza esta imagen y declara, en sentido figurado, que así se sentían las personas antes de tener comunión con Jesús. Vivían como esclavas de la ley de Moisés y de una serie de mandatos, no movidas por la confianza y el amor a Dios y al prójimo, sino por el temor ante un ser supuestamente autoritario y riguroso.
El Espíritu Santo nos permite tener una nueva relación con Dios por medio del bautismo y la fe. Podemos reconocerlo y llamarlo “Padre”, “Papá” o “Papito” (Abbá). Y podemos acercarnos a él con la misma naturalidad y confianza con la que los niños se acercan a sus padres. Que el Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos, decisiones y acciones para que vivamos como hijas e hijos de Dios.
“Ven Santo Espíritu de Dios, / y mora en nuestro ser; / oh, clara fuente de visión, / de vida y de poder… / El testimonio danos ya / que somos del Señor; / que Cristo, por la eternidad, / nos guardará en su amor” (Cancionero Canto y Fe Nº 79).

Bernardo Raúl Spretz

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print