Miércoles 2 de septiembre

Pues a ti, hombre, yo te he puesto como centinela del pueblo de Israel. Tú deberás recibir mis mensajes y comunicarles mis advertencias. Puede darse el caso en que yo pronuncie sentencia de muerte contra un malvado, pues bien, si tú no hablas con él para advertirle que cambie de vida, y él no lo hace, ese malvado morirá por su pecado, pero yo te pediré a ti cuentas de su muerte. Si tú, en cambio, adviertes al malvado que cambie de vida, y él no lo hace, él morirá por su pecado, pero tú salvarás tu vida.

Ezequiel 33,7-9

A menudo, cuando leemos estos textos, tenemos la sensación de que son muy duros, especialmente cuando solo pensamos en nosotros mismos. La propuesta de Dios no solo tiene una dimensión individual, sino también social: debo ocuparme de lo que hace mi hermana, mi hermano.
Hay múltiples relatos en las Sagradas Escrituras que nos hablan de esto, como el de Caín y Abel, en el que Dios le pregunta a Caín por su hermano Abel, o el de Jonás, al que Dios envía a Nínive para denunciar el pecado de sus habitantes y que se niega y huye. También está el caso de Juan el Bautista, que denunció el pecado individual y social de Herodes, o los relatos de la vida de Jesús denunciando y perdonando. En resumen, ocuparse de las hermanas y hermanos es una parte importante del camino hacia la nueva vida en Cristo. Es una invitación a caminar por la senda estrecha que lleva a la vida plena.
Dios nuestro, gracias por todas las personas que dieron y dan testimonio de tu presencia, invitándonos a una vida nueva. Amén.

Daniel Roger

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