Declaración Red CLAI, Pascua 2026
La prepotencia imperial y la soberbia de la dirigencia del Estado de Israel nos han llevado a nuevos asesinatos y genocidios, muerte de miles de inocentes, terror y desarraigos. Es la misma conjunción de fuerzas que pusieron a Jesús en la cruz, y luego persiguieron a sus discípulos.
No son los únicos que hacen de la violencia, la guerra y la agresión su modo de vida, no son los únicos que destilan mensajes de odio. En nuestra América también experimentamos la violencia militar y policial, a las que se agregan la violencia política y económica. Distintos bandos y poderes recurren a las más sofisticadas tecnologías para destruir y matar, secuestrar y encarcelar, para confundir al pueblo, para difundir sus mentiras.
Una vez más se hacen ciertas las proféticas palabras de Pablo: «Destruiré la sabiduría de los sabios y frustraré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el entendido? ¿Dónde está el debate de este mundo? ¿Acaso no ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? (1ª. Corintios 1:19-20). Ese supuesto poder y conocimiento del que hacen gala es necedad, no es el saber que trae vida: «Pero nosotros hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta que Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la cual ninguno de los poderosos de este mundo conoció, porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria» (1ª. Corintios 2:7-8).
Y algunos tienen la osadía de presumir que lo hacen en nombre del Jesús cuya crucifixión recordamos. Duele ver como algunos que se dicen pastores, pastoras y predicadores de la fe cristiana alzan sus manos para bendecir a quienes se jactan de sus asesinatos, quienes dicen que no tendrán misericordia. Y se atreven a decir que esto es parte de los planes de Dios para salvación.
Nos toca recordarles y proclamar las palabras del profeta: «Cuando extiendan sus manos, yo voy a cerrar mis ojos; y cuando multipliquen la oración, yo no oiré: sus manos están llenas de sangre. Lávense y límpiense, saquen de mi vista la perversión de sus obras, dejen de hacer lo malo, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, restauren al agraviado, socorran al huérfano, amparen a la viuda. Entonces vengan, dice el Señor, y estemos a cuenta» (Isaías 1:15-18).
En medio de un mundo en guerra, donde se arrojan bombas que matan indiscriminadamente, donde campea la opresión y la muerte, donde la jactancia de los ricos se burla del hambre y las necesidades de los más débiles, lejos de justificar acciones violentas, nos toca recordar las palabras de Jesús en el sermón del Monte «Bienaventurados los de humilde corazón, bienaventurados los mansos, misericordiosos, bienaventurados los pacificadores… Pero les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian y oren por quienes ultrajan y persiguen, para que sean hijos e hijas de nuestro Padre que está en los cielos».
La Pascua cristiana se vive entre la cruz y la resurrección, entre el dolor y la esperanza. Sin ignorar que nos encontramos en una creación que gime sujeta a la vanidad de la corrupción, seguimos confiando en el Espíritu que nos da el anticipo de la liberación, que clama por la redención de nuestros cuerpos, que nos permite sostener la esperanza (Romanos 8:20-23).
En medio de un mundo de muerte, creemos, confiamos, respondemos y anunciamos al Cristo que trae buenas nuevas a los pobres, sanidad a los de roto corazón, libertad a los cautivos. Escuchamos el llamado del Resucitado cuya voz resuena a través de los siglos, que cumple su promesa de estar siempre a nuestro lado y nos envía en medio de los tiempos como mensajeros del amor que redime.
Comité Movilizador
Red CLAI