Último domingo desde Epifanía(Transfiguración) – Estomihi
Mientras Pedro estaba hablando, una nube luminosa se posó sobre ellos, y de la nube salió una voz, que dijo: “Éste es mi Hijo amado, a quien he elegido: escúchenlo”.
Mateo 17,5
La escena de la transfiguración es un momento de revelación: los discípulos ven a Jesús resplandeciente, acompañado por Moisés y Elías, y escuchan la voz del Padre que señala a su Hijo como el centro de la fe. El mandato es claro y breve: “escúchenlo”.
Hay tantas voces que gritan: desde la política, desde los medios de comunicación, desde las redes sociales… Muchas de ellas pretenden imponerse con fuerza y autoritarismo, convencernos de que la violencia y la agresión son formas aceptables de resolver conflictos, de que la convivencia se logra con más control, exclusión y miedo. Son voces que buscan instalarnos la idea de que el otro es una amenaza, de que la vida vale menos que el poder y de que el odio puede garantizar la paz.
La voz de Dios, en cambio, se abre paso ante la confusión y nos recuerda que no todas las voces son iguales. Frente al ruido del autoritarismo, el mandato del Padre es sencillo y radical: “escúchenlo”. Escuchar a Jesús significa oír la voz de la ternura, la compasión y la justicia que se pone del lado de los más desfavorecidos. Implica prestar atención a las palabras que nos invitan a amar a nuestros enemigos, a perdonar setenta veces siete y a construir comunidad alrededor en torno a una mesa compartida.
En la transfiguración, los discípulos se postran con miedo. Pero Jesús los toca y les dice: “Levántense, no tengan miedo” La voz del Hijo amado no aplasta ni intimida: libera, consuela, sostiene. En medio de tantas voces violentas, la invitación sigue siendo clara: escuchar al Hijo para aprender a vivir en la paz del Reino.
Eugenio Albrecht