3° domingo de Pascua | Misericordias Domini
Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como que iba a seguir adelante. Pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: —Quédate con nosotros, porque ya es tarde. Se está haciendo de noche. Jesús entró, pues, para quedarse con ellos. Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció.
Lucas 24,28-31
¡Qué hermoso pasaje! Jesús se apareció en medio de dos discípulos que pertenecían a su círculo más amplio y no lo reconocieron. Jesús los interceptó mientras caminaban y se puso a hablar con ellos. Sus corazones estaban endurecidos y tal vez desencantados, porque tras la muerte de Jesús parecía que terminaba la causa por la que lo habían dejado todo.
Jesús los acompaña en el camino. Quiere conquistarlos para siempre. Camina con ellos y les abre los ojos para que conozcan su gloria y resurrección al partir el pan. Los dos hombres que se dirigían a Emaús regresan ahora a Jerusalén para dar testimonio de lo vivido con el Resucitado. “Jerusalén” representa la Iglesia y nuestra comunión con Dios, mientras que “Emaús” representa nuestro alejamiento de Dios, de la Iglesia y de una fe apagada. ¿En qué lugar te encuentras actualmente? ¿En “Emaús” o en “Jerusalén”?
Declaremos juntos las palabras del canto: “Y porque ya anochece, quédate con nosotros, no dejes que la noche nos sorprenda sin ti”. Que así sea.
Emiliano Torres