2° domingo después de Navidad
El que no honra al Hijo, tampoco honra al Padre.
Juan 5,23
Jesús afirma que el Padre le ha dado autoridad para dar vida y juzgar, y que quien no honra al Hijo tampoco honra al Padre que lo envió. Esto muestra una relación profunda: Jesús no actúa por sí mismo, sino en perfecta comunión con el Padre; su obra no busca engrandecerse, sino revelar la vida y el amor de Dios al mundo.
En nuestra cultura, la palabra honor suele asociarse con prestigio, poder o éxito personal. Se premia al que “lucha por lo suyo” y se considera débil al que se detiene por el otro. Este modelo, alimentado por el individualismo y hasta por discursos políticos que niegan la solidaridad, termina reduciendo la dignidad a un mérito personal y desconectando el bien común del verdadero valor de la vida. A veces, incluso dentro de comunidades cristianas, se busca “mi bendición”, “mi prosperidad” o “mi reconocimiento”, olvidando el llamado de Jesús a servir y a cargar con el sufrimiento de los demás.
Pero el honor que Jesús reclama no es competencia ni vanidad. Honrar al Hijo es reconocer que en Él se revela el corazón del Padre: un amor que levanta al caído, que no mide el éxito por riqueza ni poder, sino por la fidelidad al bien y la defensa de la vida. Honrar a Cristo es asumir su camino de entrega y justicia, es vivir sabiendo que la verdadera dignidad no se construye pisando a otros sino afirmando que toda persona es valiosa porque es amada por Dios.
Cuando honramos a Jesús de esta manera —escuchando su palabra, creyendo en el Padre que lo envió y viviendo solidariamente— entramos ya en la vida que Él ofrece: una vida donde el honor se mide en amor y la gloria se comparte en comunidad.
Que hoy podamos vivenciar en la celebración comunitaria de este segundo domingo después de Navidad.
Eugenio Albrecht