Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos.
Génesis 3,7
En Adán y Eva se encuentra representada la humanidad pecadora. Ambos cayeron en la tentación del confundidor, que los llevó a desobedecer la Palabra de Dios y dejarse guiar por el deseo de ser como Él. Las consecuencias de este extravío quedaron a la vista: no se convirtieron en dioses, sino que se abrieron los ojos y descubrieron su propia desnudez, es decir, su verdadera condición humana y pecadora, de la que ciertamente se avergonzaron o asustaron.
Desde entonces, de mil maneras distintas, el ser humano intenta recubrirse con algo que esconda su condición de pecador y le devuelva la dignidad perdida. Suele ocurrir que las glorias y los honores son algunas de las vestimentas más buscadas para ello. El poder y la riqueza son otras. Los méritos también. Pero cuidado, porque el tentador, cual león rugiente, sigue buscando a quien devorar. Y no vaya ser que por cubrirnos con algunos de estos vestidos que el mismo diablo ofrece, volvamos a caer en su trampa.
En este sentido, estimados hermanos y hermanas, busquemos recuperar la dignidad perdida revistiéndonos de Cristo. No hay dignidad más perfecta con la que podamos cubrirnos. Gracias a Cristo, somos aquello para lo que hemos sido creados: hijos e hijas de Dios.
¡No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del maligno! Amén.
Leonardo Schindler