Para que busquen a Dios, y quizá, como a tientas, puedan encontrarlo, aunque en verdad Dios no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos; como también algunos de los poetas de ustedes dijeron: “Somos descendientes de Dios”. Siendo, pues, descendientes de Dios, no debemos pensar que Dios sea como las imágenes de oro, plata o piedra que los hombres hacen según su propia imaginación.
Hechos 17,27-29
Ser descendencia de alguien implica recibir en herencia no solo aspectos físicos, sino también historia e información sobre nuestros orígenes. Aunque no hayamos conocido a esas personas, forman parte de nosotros y todo eso es parte de nuestra persona.
Como decían los poetas, dice Pablo, también “somos descendientes de Dios”. Para mí, ser hijos e hijas de Dios implica que, como se dice coloquialmente, “lo llevamos en la sangre”, es parte de nuestra herencia, lo llevamos puesto, aunque muchas veces no seamos conscientes de que Dios está ahí.
Para quienes podemos experimentar la presencia de Dios, podemos decir que no está en lo físico ni en lo imaginado, sino que forma parte de nuestra persona. Aunque no podamos verlo, siempre lo llevamos con nosotros.
“Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro, tan cierto como la mañana se levanta, tan cierto como que le canto y me puede oír” (Cancionero Canto y Fe N° 94).
Aylén Schultheis La Motte