Yo, el Señor, te llamé y te tomé por la mano, para que seas instrumento de salvación.
Isaías 42,6
Si tuviéramos que describir un puesto de trabajo, ¿cuáles serían las funciones de un mesías? ¿Qué hay que hacer para ser el enviado de Dios? De niños, uno se imaginaba al Mesías como una especie de superhéroe, de los que hoy aparecen en tantas películas. Un super ser humano con mucha fuerza para hacer el bien, capaz de volar o de tener algún otro poder llamativo y espectacular que nadie más en la humanidad tenga.
Sin embargo, al describir al enviado, Isaías solo hace hincapié en tres cosas: que sea fuente de salvación, que sea una luz para los ciegos y perdidos y que recuerde que la gloria es para Dios. Nada llamativo ni espectacular, ni siquiera algo que le beneficie a él o que lo destaque sobre las demás personas. Todo es muy abstracto. El Mesías debe ser un servidor de la humanidad, una persona que pueda guiar a otras hacia la salvación.
Así, la tarea parece más una carga que un beneficio. Y es precisamente en esa entrega donde se puede ver lo que hace tan importante al enviado de Dios: buscar la salvación para los demás y guiarlos como un faro hacia el camino de vuelta a Dios. Al observar esa descripción, podemos entender que todo aquello que se nos vende como poderoso no se acerca a lo que Dios espera de nosotros ni de su enviado. La función del Mesías es algo en lo que la mayoría de las personas ni piensa, y tampoco querría hacerlo: entregarse para ayudar a los demás.
Oremos: Dios de la vida, permítenos seguir tu luz todos los días de nuestra existencia. Amén.
Karla Steilmann y Guillermo Perrin