Lunes 13 de julio

Oh, Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga fielmente. Haz que mi corazón honre tu nombre.

Salmo 86,11

En medio de las prisas, la ansiedad y la incertidumbre de hoy, el Salmo 86,11-13 resuena como un grito urgente: “Enséñame tu camino, Señor”. Hay muchos caminos que se nos invita a seguir -el éxito, el reconocimiento, el placer-, pero no siempre sabemos cuál conduce a la verdadera paz. El salmista reconoce su necesidad de dirección divina; también nosotros necesitamos dejarnos guiar por la verdad de Dios, y no sólo por nuestros deseos o por las presiones que la sociedad de consumo quiere imponernos.
“Pon mi corazón a temer sólo tu nombre” es la petición de alguien que comprende lo fácil que es perderse entre tantas voces. Temer a Dios es venerarlo por amor y confiar en él por encima de todas las cosas. En tiempos de tantas “verdades” que nos enfrentan, de polarizaciones que nos debilitan, estamos llamados a preguntarnos qué es lo que realmente importa.
La alabanza que sale “del corazón” es una invitación a la fidelidad que no depende de las circunstancias. En un mundo donde todo es rápido y desechable, Dios nos llama a una relación continua y verdadera.
Al recordar que fue salvado “de las profundidades del infierno”, el salmista nos recuerda que incluso en nuestros abismos emocionales y espirituales, en situaciones de fragilidad, la misericordia de Dios es capaz de rescatarnos y restaurar la vida.
Señor, enséñame tu camino y afirma mis pasos en tu verdad. Haz que mi corazón te ame y confíe en ti por encima de todo. Líbrame de los abismos que encuentro y sostenme con tu misericordia. Amén.

Nestor Paulo Friedrich

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