Lunes 15 de junio

Por ti he sufrido afrenta; confusión ha cubierto mi rostro. He sido extraño para mis hermanos, y desconocido para los hijos de mi madre. Porque me consumió el celo de tu casa; y los denuestos de los que te vituperaban cayeron sobre mí. Lloré afligiendo con ayuno mi alma, y esto me ha sido por afrenta. Puse además cilicio por mi vestido, y vine a serles por proverbio. Hablaban contra mí los que se sentaban a la puerta, y me zaherían los bebedores.

Salmo 69,7-12

En este pasaje, David abre su corazón mostrando lo difícil que es permanecer fiel a Dios cuando eso trae como consecuencia rechazo y burla. Dice que incluso sus hermanos lo consideran un extraño y que se ha convertido en objeto de canciones y chismes. Muchas veces, cuando decidimos poner a Dios en primer lugar, descubrimos que no todos entienden nuestras decisiones de fe. La obediencia al Señor a veces incomoda, porque expone la diferencia entre vivir para agradar a Dios y vivir para agradar a las personas.
Lo que más duele es que ese rechazo no siempre viene de extraños, sino incluso de los más cercanos. Pero este texto nos recuerda que Dios ve nuestro celo, nuestro esfuerzo y nuestro amor por él, aunque otros lo ridiculicen. Así como David, también Jesús fue rechazado y burlado, soportando la incomprensión por amor al Padre y a nosotros.
La invitación de este pasaje es a mantenernos firmes, aun cuando nos sintamos solos o menospreciados. El rechazo puede herir, pero también nos identifica con Cristo, quien conoce nuestro dolor y nos asegura que no estamos solos. La fidelidad a Dios nunca es en vano; aunque el mundo no lo reconozca, el Señor honra a quienes permanecen en su camino.

Camila Weiss Bohl

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