Vengan, cantemos al buen Dios con alegría; cantemos a nuestro protector y Salvador. Entremos a su presencia con gratitud y cantemos himnos en su honor.
Salmo 95,1-2
Hoy, el salmo nos invita a cantar con gratitud para honrar a Dios. ¡Qué bellos y adorables son esos momentos en los que, en medio de música espiritual, sentimos que nuestro corazón se conecta con la inmensidad del amor de Dios! Y, a la vez, qué difícil puede ser generar ese ambiente en una pequeña ronda, cuando nuestra voz suena desafinada. Sin embargo, en ambos casos, somos la iglesia de Jesucristo reunida para alabar a nuestro Señor.
Este salmo, en particular, es una relectura del éxodo: rememora lo que Dios hizo por su pueblo en su travesía desde la esclavitud hacia la libertad. Se trata de caminar en la promesa de una vida nueva. Cada vez que la comunidad se reúne, recordamos esas historias con alabanzas y gratitud, entrando en la presencia de Dios, que es memo- ria y promesa de futuro.
En el encuentro comunitario, en el que celebramos la comunión con Dios mediante la fe, se hace presente la revelación de su amor. Es en este contexto donde la promesa de una vida nueva para todo el mundo se hace tangible. Alabar a Dios significa reconocer su presencia entre nosotros y comprometernos a vivir para honrarle. Le honramos no solo con cánticos, sino también sirviendo al prójimo, al extranjero, al pobre; sembrando paz, denunciando la injusticia, construyendo esperanza y caminando en la promesa de una vida plena para toda la creación.
“Canten todos sin distinciones, entonándole mil canciones: la armonía, el canto de su creación, sin disonancias de odio y destrucción. Es nuestra entera responsabilidad. ¡Gloria a Dios!” (Cancionero Canto y Fe N° 177).
Stefanie Kreher