¡Que te alaben, Señor, todas tus obras! ¡Que te bendigan tus fieles! ¡Que hablen del esplendor de tu reino! ¡Que hablen de tus hechos poderosos!
Salmo 145,10-11

Cuando amanece y el día comienza, no importa cómo se presente: ya sea caluroso o fresco, con un sol radiante o nublado, uno no puede evitar sentir gratitud a Dios por el descanso de la noche y por la vida misma. Asomarse afuera y contemplar lo que ha sido creado, la maravillosa obra del Señor, no puede dejarnos indiferentes. Recuerdo con cariño mi niñez en el campo donde nací y crecí.
Levantarse temprano para iniciar la jornada diaria y sentir la suave brisa veraniega acariciando mi rostro y avivando mi espíritu. No importaba lo que el día trajera consigo, ya fueran dificultades o problemas, el primer rayo cálido de sol sobre mi cara bastaba para disipar cualquier preocupación. En el himnario con el que empecé a alabar el amor y la misericordia de Dios, existe un himno para niños cuya letra dice: “Señor, te rindo gratitud por mi tranquilo reposo, por ese sol de luz clara que en este día Tú me regalas. Señor, te rindo gratitud por tu cariño paternal, por tu bondad, mi salud, y tu cuidado celestial” (Culto Cristiano N° 395).
Alabar a Dios con nuestros labios y, además, con todo nuestro ser, debe ser una parte fundamental de nuestro testimonio como creyentes en este Dios, quien es el creador de los cielos y la tierra, y en Jesucristo, el dador de vida plena. Cada aspecto de nuestra vida debe convertirse en un canto de alabanza y gratitud como respuesta a la gracia que recibimos cada día.

Gladys Heffel

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