Lunes 24 de agosto

Señor, hazme justicia, pues mi vida no tiene tacha. En ti, Señor, confío firmemente.

Salmo 26,1

En un tiempo en que la verdad parece negociable y la injusticia se disfraza de normalidad, el Salmo 26 nos ofrece una oración valiente. No se trata de una súplica arrogante, sino del clamor de quien ha intentado vivir con coherencia en un mundo herido.
El pastor y teólogo Dietrich Bonhoeffer, que se opuso al régimen nazi, escribió desde la cárcel: “No es el acto religioso el que hace al cristiano, sino la participación en el sufrimiento de Dios en el mundo”. Este salmo puede leerse desde esa perspectiva: no es la perfección moral lo que nos acerca a Dios, sino la decisión de vivir con autenticidad, resistiendo al mal y buscando la verdad, incluso cuando eso supone un esfuerzo.
El salmista no quiere compartir mesa con quienes practican la injusticia. Tampoco nosotros podemos mantenernos neutrales cuando están en juego vidas humanas: ante la guerra, el racismo, la pobreza o el abuso de poder, nuestra fe nos invita a posicionarnos. Pero esa postura nace del encuentro con Dios, que nos llama y nos envía.
Hoy en día, vivir con integridad no es fácil. Supone nadar contra corriente, contra el cinismo, el individualismo y el miedo. Pero también es sembrar esperanza, construir comunidad y dejar que nuestra vida cante: “Las maravillas del Señor”.
Bonhoeffer nos recuerda que la fe no es un refugio, sino un compromiso. El Salmo 26, por su parte, nos alienta a vivir con manos limpias y corazón valiente.

Marco Garrido Espinoza

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