Señor, en ti busco protección; ¡no me defraudes jamás! ¡Ponme a salvo, pues tú eres justo! Dígnate escucharme; ¡date prisa, líbrame ya! Sé tú mi roca protectora, ¡sé tú mi castillo de refugio y salvación! ¡Tú eres mi roca y mi castillo! ¡Guíame y protégeme; haz honor a tu nombre! ¡Sácame de la trampa que me han tendido, pues tú eres mi protector! En tus manos encomiendo mi espíritu; ¡rescátame, Señor, Dios de la verdad!
Salmo 31,1-5
“Castillo fuerte es nuestro Dios, defensa y buen escudo; con su poder nos librará en todo trance agudo”.
El salmo de hoy me trae a la memoria este himno de la Reforma ampliamente conocido (aunque desconozco si fue el salmo que inspiró a Lutero). En su contenido encontramos muchas peticiones del salmista: protección, confianza, salvación, escucha, rapidez, liberación, refugio y guía. Casi un compendio de lo que sentimos y pedimos a nuestro creador día a día, en especial cuando estamos pasando por momentos críticos.
Pero hay una petición en particular que sobrepasa todo lo anterior: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (versículo 5a), la misma que hizo Jesús antes de morir en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23,46).
Y aquí encuentro el verdadero corazón del salmo. Una súplica al Dios creador para que, a pesar de todas las contingencias que la vida humana puede depararnos, nos tenga en cuenta; para que las tentaciones o amenazas de este mundo no alteren nuestra fe y nuestro corazón, y si así fuera, tengamos la fuerza de pedir con humildad: “¡Rescátame, Señor, Dios de la verdad!” (versículo 5b).
Que así sea, hoy y siempre.
Carlos Ernesto Pruj