Lunes 4 de mayo

¡Naciones, bendigan a nuestro Dios! ¡hagan resonar himnos de alabanza! Porque nos ha mantenido con vida; no nos ha dejado caer.

Salmo 66,8-9

Los salmos son una de las escuelas de oración que tenemos los cristianos. “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido” (Romanos 8,26): en los salmos el Espíritu Santo toma las palabras de la Palabra y las pone en nuestra boca para enseñarnos a orar, como una madre enseña a hablar a su pequeño hijo haciendo que repita sus propias palabras.
Además, Jesús mismo oró con los salmos, se reconoció en ellos y se manifestó mediante ellos (ver Marcos 12,10.36), tanto en momentos de júbilo (Marcos 11,9) como en el más profundo dolor (Marcos 15,34). Cuando rezamos con los salmos podemos recordar que Jesús los recorrió con sus ojos, los pronunció con su boca y los meditó en su divino corazón humano.
El Salmo 66, en particular, es amplio y rico. Tiene una amplitud universalista que nos recuerda al Segundo Isaías (Isaías 40-55); pues tanto el Salmo 66 como el profeta invitan a todas las naciones a la alabanza del único Dios. Igualmente, Isaías es quien acuña la expresión “buena noticia” (Isaías 52,7; ver 40,9), típica de nuestra fe y de nuestra experiencia de salvación… y, justamente, la experiencia de salvación es el tema del salmo.
Además, la historia que está enhebrada en el salmo tiene una estructura pascual y una dimensión comunitaria: el salmista toma la palabra en nombre de su comunidad, e invita a la alabanza del Dios salvador porque ellos han sufrido una dura prueba (versículo 10 y siguientes)pero finalmente todo resultó en salvación:“nos has mantenido con vida, no nos has dejado caer”.
Por todo esto, podríamos decir que es un salmo que respira el espíritu del Evangelio.

Jorge Fazzari

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