Escucharé lo que hablará el Señor, porque hablará paz a su pueblo y a sus santos. Para que no se vuelvan a la locura
Salmo 85,8

“Me detengo a discernir entre las voces y los ecos”, expresa Antonio Machado en su poema “Retrato”, una obra que en ocasiones parece ser una especie de arte poética personal. “Y entre todas las voces, solo escucho una”.
El aire que respiramos cada día está lleno de voces y ecos. Es crucial distinguir unas de otras: las que llevan verdades y las que ocultan engaños, las que construyen y las que destruyen, las que conducen a la comprensión y las que confunden con la negación. Escuchar se ha convertido en un arte tan difícil como necesario. En este contexto, el silencio se vuelve un tesoro valioso debido a su escasez.
Orar implica el esfuerzo de discernir entre todas las voces, buscando aquella única voz de Dios que nos hablará de paz, evitando que nos volvamos a la locura.
Voces que invocan la paz resuenan en todas partes, como “romanzas de tenores huecos”, expresaría don Antonio. Hay quienes hablan de paz mientras construyen ejércitos y producen armas para su protección. Otros predican la paz pero envían a la guerra a quienes sólo tienen la vida para perder, sin arriesgar sus propias vidas. Algunos proclaman la paz mientras aprovechan las necesidades de los demás, lucrando como mercaderes de la salud o controlando el monopolio de los alimentos.
Hablan de paz las voces que sólo alaban el progreso y no dicen nada que su precio es la destrucción. Hablan de paz y conducen por caminos de locura a oídos que no se paran a distinguir.
El Señor hablará de paz a su pueblo y a sus santos. Estamos llamados a ser parte. Estamos llamados a escucharlo para no volvernos a la locura.

Oscar Geymonat

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