Martes 16 de junio

Pero yo a ti oraba, oh Jehová, al tiempo de tu buena voluntad; oh Dios, por la abundancia de tu misericordia, por la verdad de tu salvación, escúchame. Sácame del lodo, y no sea yo sumergido; sea yo libertado de los que me aborrecen, y de lo profundo de las aguas. No me anegue la corriente de las aguas, ni me trague el abismo, ni el pozo cierre sobre mí su boca. Respóndeme, Jehová, porque benigna es tu misericordia; mírame conforme a la multitud de tus piedades. No escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme. Acércate a mi alma, redímela; líbrame a causa de mis enemigos.

Salmo 69,13-18

Estos versículos son un grito desde el fondo de la angustia. El salmista, después de reconocer la burla y el rechazo, eleva una oración confiada. No pide riquezas ni venganza, sino salvación, redención y la cercanía de Dios. La imagen del agua que amenaza con ahogarlo refleja la experiencia de quienes hoy se sienten hundidos por la desesperanza, la pobreza, la soledad o la violencia.
Lo más poderoso aquí no es solo la súplica, sino la certeza de que Dios escucha “al tiempo de su buena voluntad”. La fe nos recuerda que la misericordia de Dios no depende de nuestros méritos, sino de su gracia abundante. Así, aun cuando todo parece perdido, el creyente se aferra a la promesa de que el Señor es cercano a los quebrantados de corazón.
Esta oración se convierte también en clamor comunitario. En un mundo donde tantos son silenciados y olvidados, la Iglesia está llamada a orar y actuar junto a los que sienten que las aguas los cubren. La misericordia de Dios nos impulsa a acercarnos a esas vidas, a redimir en la práctica con solidaridad, justicia y amor.

Camila Weiss Bohl

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