Martes 17 de febrero

 

 

No sean como caballos o mulos, irracionales, cuyo brío hay que domar con freno y brida, sólo así puedes acercarte. ¡Cuántos son los tormentos del malvado! Pero, al que confía en el Señor él lo envuelve con su amor.

 

Salmo 32,9-10

 

¡Ni un paso atrás! ¡Para el enemigo ni justicia! Este tipo de pensamientos, que luego se traducen en actos, se reproducen con mucha facilidad en sociedades en las que el valor de una persona se mide por los méritos alcanzados y los mandatos cumplidos. En ese clima de exigencias y vacío de misericordia, las personas se esfuerzan por ser reconocidas y valoradas por sus fortalezas, por lo que tienen y muestran. Y son muy pocas las que se animan o tienen la disposición de reconocer o mostrar sus errores y debilidades, así como de aceptar consejos o nuevas perspectivas.
Ahora bien, por experiencia sabemos que las actitudes soberbias, tercas y carentes de empatía solo provocan daño. Nadie se siente bien en ese ambiente. Como afirma el profeta: “¡Cuántos son los tormentos que padece el malvado! ¡Y cuántos son los tormentos que también provoca!”.
Por eso es tan importante abandonar el orgullo y la vanidad. Un paso fundamental para ello es reconocer que la dignidad que tanto anhelamos es fruto del amor y la gracia de Dios. No necesitamos ganarnos el respeto y la aceptación con méritos propios ni cumpliendo estereotipos, ya que toda dignidad nos es dada por gracia a través de Cristo.
Por eso, en estos tiempos colmados de exigencias vacías de misericordia, de búsquedas sin sentido y de conflictos fruto de la terquedad, pongamos nuestra vida en manos del Señor para que, por su amor, podamos tener una vida nueva.
Señor, envuelve nuestras vidas con tu amor para que podamos amar como tú nos amas. Amén.

 

Leonardo Schindler

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print