Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios.
Salmo 46,10
Los versículos propuestos en esta oportunidad traen aliento, esperanza, seguridad y la promesa de la presencia constante del Señor en nuestros corazones. Nos invitan a reflexionar que no hay problema o contrariedad que pueda permanecer para Dios. Y esa es justamente su gran fortaleza: que frente a cualquier adversidad, Él obrará y concederá, en su momento justo, la solución indicada.
Durante una crisis, las palabras de este Salmo son necesarias para relajar nuestro control, para confiar y nos hacen recordar que Dios es el soberano. Y hasta cuando enfrentamos desafíos cotidianos, es como si nos estuviera diciendo: “detente, confía en mí”; en otras palabras, nos está invitando a conocer sus cualidades, y sobre todo, a conocerlo personalmente.
¿Cómo estamos atravesando situaciones difíciles? ¿Acompañados, solos, con fe o sin ella? ¿Qué esperamos en esos momentos? ¿Cómo enfrentamos el miedo? ¿Y el enojo o la incertidumbre? ¿Podemos esperar pacientemente a que Dios actúe? Muchos de nosotros no sabemos ni qué es ni cómo acudir tranquilamente al encuentro con Dios, por lo que este mensaje invita a mantener la calma, es de bendición, consuelo y fuerza.
Recordemos que los propósitos de Dios en nuestras vidas son mayores y Él los otorgará para formarnos a su imagen. Porque sin dudas todo lo que hace tiene un propósito de amor divino, es por eso que no debemos temer, porque Él es nuestro amparo y fortaleza.
Oremos: Toma la ansiedad de nuestro corazón y conviértela, porque eres el refugio. Que hoy sea el momento para descansar, para esperar a que tú actúes, y para que nos enseñes, en toda circunstancia, a caminar contigo. Amén.
Silvana Esther Lauphan