Martes 19 de mayo

Mientras yo exista y tenga vida, cantaré himnos al Señor mi Dios.

Salmo 104,31-35b

Debía de tener ocho años cuando, de visita en casa de unos tíos, descubrí una guitarrita entre los juguetes de mis primos. Se la pedí prestada a mi prima y le propuse hacerle un concierto. Fascinada, ordenó a sus hermanitos que se ubicaran como público. Me subí a una mesita y canté a viva voz: “Una guitarra y una muchacha nunca me han de faltar…”. Es cierto que al rato apareció el tío protestando porque estaba durmiendo la siesta, pero creo que en ese momento descubrí mi pasión por el canto. En casa, en la escuela y en la catequesis participaba en las actividades de canto y, en cuanto pude, aprendí a tocar la guitarra. Descubrí que cantar hace bien, que ayuda a que el cuerpo se sienta mejor y, en cierto modo, integra y refuerza las relaciones.
El cristianismo siempre lo ha sabido, por eso acompaña sus liturgias, encuentros y celebraciones con música, melodías y canto.
La musicoterapia, que ha adoptado este elemento de nuestras liturgias, afirma que cantar ayuda a expresar emociones, reduce el estrés y relaja la mente, el cuerpo y el espíritu. Al cantar, se liberan hormonas como la oxitocina y la dopamina, que promueven el bienestar. Además, se respira más profundamente, lo que produce una mayor oxigenación de la sangre y del cerebro, y aumenta la proliferación de anticuerpos.
Estos son solo algunos de los aspectos que ayudan a hacer bien y que el futuro rey David sabía cuando era un pequeño pastor de ovejas y lo llevaron a cantar para curar el malestar del rey Saúl.

Waldemar Von Hof

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