Martes 20 de enero

A ti clamo, Señor: escúchame. Ten compasión de mí, ¡respóndeme!

 

Salmo 27,7

 

Hoy en día, tener a alguien de confianza a quien recurrir cuando necesitamos que nos escuchen es un privilegio. Alguien que no nos juzgará, que nos escuchará activamente, nos comprenderá y nos apoyará; alguien que, aunque hablemos repetidamente de lo mismo, siempre estará dispuesta a escucharnos.
Es un don escaso: el don de saber escuchar. No todo el mundo lo tiene, pero todas las personas tenemos una necesidad muy fuerte de sentirnos escuchadas, contenidas y apoyadas. Basta con que nos pongamos a pensar y recordemos lo mucho que necesitábamos atención en nuestra niñez o adolescencia, tanto en casa como en la escuela y en otros espacios de interacción. Y lo digo para poner de manifiesto que, en muchas ocasiones, necesitamos que alguien nos preste atención, nos dedique tiempo, nos escuche y nos entienda.
Creo que por eso, por la escasez de oídos dispuestos a escuchar, comprender y ayudar, preferimos guardarnos muchas cosas. Nos guardamos tristezas, dolencias, emociones y sentimientos, y no solo eso, sino que se van acumulando. Sin embargo, hay unos oídos que no solo están abiertos, sino que quieren y desean escucharte; anhelan que les hables. Estos oídos pertenecen a alguien que hoy te invita a que, si aún no lo haces, comiences a hablar con Él, te acerques y confíes. Te aseguro que te escuchará, no te juzgará, te comprenderá, te sostendrá, te dará fuerzas y alivianará tus cargas.
Que hoy, querida hermana y querido hermano, puedas aceptar la grata invitación que Dios te hace y acercarte a Él tal y como eres, con tus virtudes y defectos, miedos y cargas. Y que Él también nos ayude a ser oídos de los y las demás, a poder aligerar sus cargas, imitemos a Jesús. Amén.

 

Alexandra Löblein

 

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