En verdad, tú eres su fuerza y hermosura; nuestro poder aumenta por tu buena voluntad. ¡Nuestro protector es el Señor! ¡Nuestro rey es el Santo de Israel!
Salmo 89,17-18
Hace muchos años elegimos como texto bíblico, que sería la base de nuestro compromiso matrimonial, el que encontramos en Filipenses 4,13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Nunca pudimos olvidar que el pastor que bendijo nuestro matrimonio, en su homilía tradujo el texto como “Todo lo puedo en Cristo que me llena de poder”.
Las palabras de este salmo -luego de 58 años- nos lo trae a la memoria. Nuestra fuerza aumenta por la voluntad del Señor, porque él es “nuestro protector”. Tantas veces y de tantas maneras, en los largos años y situaciones compartidas en la vida, fuimos testigos de la fuerza y protección de Dios.
Para sentir esa fuerza y protección sólo es necesario percibir en las complejidades, desafíos y angustias de la vida que Dios nos lleva de la mano. Que nos da luz en los momentos oscuros y nos llena de fuerza cuando nuestras debilidades nos hacen vacilar.
El texto de hoy nos llama a la humildad, a reconocer que no estamos solos, ni somos seres superiores… Nuestra fortaleza es gracia (don) de Dios, no es producto de nosotros mismos.
“Nuestra fortaleza, nuestra protección, nuestro fiel socorro en la tentación; nuestro gran refugio, nuestra salvación, es el Dios que adora nuestro corazón.
Que otros en sus fuerzas quieran descansar o en las que este mundo les promete dar; nunca todas ellas se han de comparar con la que podemos en el cielo hallar.
Nuestra fortaleza, nuestra protección, es el Dios que adora nuestro corazón” (Cancionero Canto y Fe N° 264).
Doris Arduin y Germán Zijlstra