Martes 25 de agosto

Lavadas ya mis manos y limpias de pecado, quiero, Señor, acercarme a tu altar, y entonar cantos de alabanza, y proclamar tus maravillas. Yo amo, Señor, el templo donde vives, el lugar donde reside tu gloria.

Salmo 26,6-8

Desde pequeña, participaba en la alabanza de la iglesia. Al principio, participaba tocando un instrumento y, más tarde, cantando. Con el tiempo, me di cuenta de que la música era una de las formas más exaltantes de expresar mi alegría y agradecimiento por todo lo que Dios ha hecho y sigue haciendo en mi vida. Hoy en día, me reconforta saber que poner mis dones al servicio de la voluntad de Dios me acerca a él y me permite conocerlo mejor.
Sin embargo, también ha habido momentos en los que no he querido acompañar con la música. En algunos periodos, debido a la propia adolescencia, y en otras ocasiones, porque pensaba que no tenía derecho por haber cometido alguna falta. Sentía que mis manos y mis pies no estaban limpios, y eso me avergonzaba. Entonces me pregunté: “¿Cómo voy a acercarme al altar de Dios si yo misma decido alejarme de él?”. Desde ese momento, comprendí que si dejaba de poner mis dones al servicio, mi angustia seguiría creciendo y no vería resultados.
Pensando en este versículo, les invito a reflexionar y a preguntarse cómo se acercan al altar de Dios. Recordemos que él es bondadoso y misericordioso, y siempre está dispuesto a recibirnos. Si estamos dispuestos a abrir nuestro corazón a través de la oración, el servicio, la práctica de la Palabra y la alabanza, veremos que su gracia nos renovará cada día.

Johana Hanske

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