Mi vida está en tus manos; ¡líbrame de mis enemigos, que me persiguen! Mira con bondad a este siervo tuyo, y sálvame, por tu amor.
Salmo 31,15-16
Al terminar su creación, Dios nos puso como mayordomos de ella, pues nos otorgó algo que no está presente (o está poco desarrollado) en los animales: el raciocinio. Somos seres emocionales, como los demás animales, pero también pensamos. Aun así, las emociones tienen un gran impacto en nuestra vida.
Y las personas, los pueblos, realizan acciones que, desde la interpretación personal de cada quien, pueden no gustar. Entonces nos enfadamos, insultamos y peleamos. Surgen la ira, el odio o la tristeza, que en el fondo son todas emociones derivadas del miedo. Creamos enemigos, nos enemistamos, es decir, perdemos la amistad y el amor.
¿Son solo las personas o los pueblos nuestros enemigos? ¿O también podemos incluir determinados dogmas, creencias, orientaciones sexuales, violencias físicas o psicológicas, modelos de consumo o “formas de vida”? Podemos construir al enemigo muy fácilmente y descargar en él nuestros odios, enojos o miedos.
En ese momento, el salmista suplica a Dios: “Mi vida está en tus manos; ¡líbrame de mis enemigos, que me persiguen!”.
En Isaías 41,10 encontramos una respuesta: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desmayes, porque yo soy tu Dios”.
Jesús es quien mejor nos instruye sobre el enemigo cuando, colgado en la cruz, pide: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34).
Otras veces nos tocan a nosotros/nosotras reflexionar si estamos en lo cierto.
El Dr. Viktor Frankl, médico y filósofo austríaco, sobreviviente en cuatro campos de concentración nazis dijo: “El amor es la fuerza quenos une a los demás y nos trasciende a nosotros mismos”.
Que ese sea el camino por seguir. Hoy y siempre. Amén.
Carlos Ernesto Pruj