Martes 5 de mayo

¡Vengan todos ustedes, los que tienen temor de Dios! ¡Escuchen, que voy a contarles lo que ha hecho por mí! ¡Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi oración ni me ha retirado su amor!

Salmo 66,16.20

La porción del Salmo 66 para este día nos muestra algo de su riqueza; pues en él aparecen las tres formas básicas de la oración: la súplica (versículos 14 y 19), la acción de gracias (versículos 13, 15 y 20) y la alabanza (versículos 8 y 20).
Aquí el salmista nos invita a escuchar la gesta de salvación que el Señor hizo por ellos. Porque ser pueblo de Dios es también hacer memoria de sus actos de salvación. Y mucho de la Escritura consiste en eso: desde Noé a Jesús, pasando por toda la historia de Israel: Abraham, Moisés, David…
Cada uno de nosotros puede cantar las obras salvadoras que el Señor ha hecho en nuestras vidas, e invitar a los demás creyentes a la acción de gracias y a la alabanza.
Pero en la oración de los salmos puede suceder que un salmo propuesto no coincida con nuestra situación: se nos propone un salmo alegre y estamos sufriendo; o viceversa. Y aquí los salmos vuelven a ser escuela de oración: en todas las Iglesias se nos enseña a rezar los salmos como miembros del cuerpo de Cristo: cuando oramos siempre lo hacemos como parte del “nosotros eclesial” con que nos enseñó a rezar Jesús (ver Mateo 6,9 y siguientes).
La oración de los salmos nos invita, entonces, a abrirnos más allá de nuestra situación personal y –en el horizonte de la fe, la esperanza y el amor– abrazar con nuestra oración a todos los creyentes, y a todo el mundo.

Jorge Fazzari

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