Epifanía del Señor
Y al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.
Mateo 2,10
Mateo nos cuenta que unos sabios de oriente dejaron por un momento el trajín de sus búsquedas y se detuvieron ante algo tan sencillo como una estrella. No era un fenómeno espectacular que acallara todo ruido; era una luz pequeña, suficiente para orientar a quienes supieron mirar con atención. Esa capacidad de detenerse, mirar y dejarse guiar por lo simple es un don de Dios.
En contextos donde se valora la prisa, la competencia y la demostración de saber, la fe nos propone otro camino. Creer no es acumular datos bíblicos ni ganar discusiones para “convertir” al que piensa distinto. La fe es reconocer las señales humildes que Dios pone delante de nosotros: un gesto solidario, una palabra de consuelo, una necesidad que reclama atención, una comunidad que espera ser construida. Son “estrellas” que, si nos animamos a seguir, nos llevan al encuentro con Cristo y con los hermanos.
Los sabios podrían haberse quedado en sus cálculos y teorías, pero eligieron viajar, preguntar, detenerse y finalmente postrarse ante un niño. Allí descubrieron que el poder de Dios se manifiesta en la fragilidad y que el sentido de la vida no está en la autosuficiencia sino en la adoración y la entrega.
La Epifanía nos invita a aprender de ellos: a frenar nuestro ritmo para descubrir las luces discretas que Dios enciende en el camino. Allí donde hay vida sencilla compartida —como la de María, José y el niño— podemos encontrar un nuevo comienzo. Quien se atreve a seguir una estrella humilde encuentra alegría profunda y una dirección renovada para su vida.
Eugenio Albrecht