Mensaje de la Conferencia Ministerial Plenaria 2026

“He aquí yo hago nuevas todas las cosas” (Isaías 43:19)

Queridas hermanas y queridos hermanos en la fe:

Como Cuerpo Ministerial de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata nos hemos reunido del 21 al 23 de abril de 2026 en el Hogar German Frers, de la Congregación Evangélica Alemana en Buenos Aires, en Baradero, para compartir y celebrar nuestra fe en Cristo Jesús.

Inspirados e inspiradas en las palabras del Señor al Apóstol Pablo cuando le dijo: “Bástate mi Gracia” (2 Corintios 12:9) reflexionamos sobre “las espinas” que duelen y “el fuego” que anima nuestros ministerios. Nos dirigimos a ustedes con esta carta con el fin de compartirles algunas de nuestras reflexiones durante la Conferencia Ministerial Plenaria. Esperamos que estas palabras movilicen sus corazones, así como lo hicieron con nosotras y nosotros en estos días.

Al igual que Job, que no se detuvo en su propio sufrimiento, sino que pudo mirar más allá de sí mismo, así nos duelen también las espinas que se multiplican y están presentes en muchos de nuestros pueblos, en la vida de nuestros hermanos y nuestras hermanas.

Dios nos convoca a compartir el mensaje del Evangelio con quienes están sufriendo, a ser Comunidades de fe involucradas en el dolor del mundo, a ser ministros y ministras responsables con el testimonio de Cristo junto a nuestras Comunidades. Dios nos llama a un testimonio de empatía y a aceptar su envío con toda la Creación.

Nos duelen las espinas de un mundo que vive en guerra entre distintos países, muchas las vemos en vivo por televisión: Estados Unidos, Israel, Irán, Rusia, Ucrania, además de tantas otras que no vemos. Duelen los horrores de las guerras y los genocidios, cualquiera sea el lugar en que ocurran. No hay violencia justa ni razón que pueda invocarse para la muerte. Duele ver cómo se profundiza la desigualdad en los países del Río de la Plata, como así también la inseguridad y la criminalidad.

Nos duelen las espinas de Uruguay donde junto con la pobreza se incrementó la violencia estructural convirtiéndose en uno de los países con mayor violencia en el Río de la Plata. Mientras el Estado debate la reforma del sistema de seguridad social se incrementa la tasa de suicidio, especialmente, entre las y los más jóvenes.

Nos duelen las espinas de Argentina, en particular, el maltrato y el abuso a personas en situación de calle, a la gente más necesitada, a las y los inmigrantes, en una tierra que cobija a tantas y tantos migrantes hace siglos. Nos preocupa el sistema de salud, sobre todo, a partir del desfinanciamiento del sistema público de protección social, en beneficio de otras áreas, forzando a millones de personas a vivir de forma precaria, con jubilaciones y pensiones indignas, empujándolas al hambre y a la falta de remedios. A esta situación se suma la corrupción que deja abandonadas, sin compasión, a miles de personas con discapacidad sin tratamientos, terapias y espacios recreativos. La degradación progresiva del sistema de educación se ha vuelto desesperante. Todo esto, sumado a la pérdida de fuentes laborales, agrega cada vez más desesperanza a las familias, y priva de proyección de futuro a las y los jóvenes.

Nos duelen las espinas de Paraguay tomado por la corrupción narcopolítica mientras crecen la violencia doméstica, el alcoholismo y los accidentes viales. Es preocupante la falta de medicamentos en hospitales, la ausencia de políticas claras en seguridad social (jubilación, pensiones, etc.), las escuelas públicas deterioradas, además de los secuestros.

Muchas de estas realidades en nuestros países son comunes. Especialmente, sentimos que en este tiempo más que nunca la Creación entera es tratada como una cosa y está sufriendo un descuido absoluto. Esto permite el uso de seres vivos como recursos para la guerra y para la muerte, mientras los femicidios y los ecocidios siguen en aumento y siendo silenciados. Es doloroso ver a la Creación sometida a un modelo de producción, de consumo y de descarte que piensa más en el dinero que en la vida. Sin embargo, en ninguno de nuestros países vemos que haya grieta a la hora de exprimir a la Creación sin límites.
Entre las cosas que nos dan mala espina notamos que el egoísmo y el individualismo muchas veces le ganan al mensaje de amor y de cuidado que anuncia el Evangelio. En vez de ver cómo podemos incluir a las y los demás sentimos que les tenemos miedo y nos cuesta mucho trabajar juntas y juntos como Iglesia. Hemos reflexionado que necesitamos caminar con el prójimo para aprender a ver las cosas con las y los demás. El individualismo extremo nos vacía como personas, nos quita la capacidad de conectar mutuamente de forma genuina, y esto nos dificulta poner en práctica el amor. Cada una y cada uno se aísla en su propio mundo para evitar compartir y tener que empatizar. En definitiva, cada cual busca lo que le resulta mejor para sí y deja de lado a la comunidad.

En las comunidades de fe vemos como un desafío la solidaridad, el compromiso y el tiempo para poder ser Iglesia. El mundo es dinámico y cuando la Iglesia se queda estática se queda aislada. En una realidad que nos invita al abandono y al maltrato insistimos en practicar la compasión, la empatía y la escucha. Todo esto es parte de las mochilas de nuestros ministerios en este tiempo. Nos duele la indiferencia porque estamos convencidas y convencidos que como Iglesia de Cristo tenemos todo lo necesario para crecer.

El fuego del Espíritu se enciende en el encuentro mutuo y en el aprendizaje conjunto inspirado en la Palabra Dios y con sencillez de corazón. Por eso, creemos profundamente en la diaconía como una oportunidad que nos puede transformar como personas y como comunidades de fe. Esta transformación es el fundamento para crecer en Comunión y nuestra razón de ser Iglesia.

En medio de esta Creación dolida nuestro fuego como Iglesia es la promesa de que la Gracia es suficiente porque el poder de Dios se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9). Esta certeza nos llama a ejercer el discernimiento: ¿Cómo ser menos yo para que Dios obre más como Comunidad? La Palabra de Dios nos envía a vivir como nuevas criaturas en Cristo, a dejarnos despojar por el Espíritu creador, para nacer de nuevo y nacer de lo alto (Jn 3:3-5), para ser testimonios de la resurrección en el mundo.

La Gracia de Dios esté con nosotras y nosotros. Amén.

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