Señor, yo me alegro en ti de corazón porqué tú me has dado nuevas fuerzas.
1 Samuel 2,1
Ana reaccionó de forma impresionante: crió a su hijo Samuel con naturalidad. Sin embargo, cuando Samuel alcanzó la edad necesaria, lo entregó al santuario de Silo para que aprendiera a vivir allí como hombre de Jehová. Así que esta mujer devuelve a Dios el hijo que le había pedido lo antes posible. ¡Esta es una historia fundamentalmente diferente a nuestro comportamiento habitual!
Sin embargo, hoy en día, las mujeres y los hombres que deciden vivir en una comunidad o en un monasterio siguen recorriendo un camino especial. Así pues, menciono dos posibilidades básicas: una vida en nuestra vida cotidiana normal o una vida en una comunidad religiosa. Con estas posibilidades en mente, queremos extraer algunas pistas para nuestra propia vida de fe de las afirmaciones del himno de alabanza de Ana.
De nosotros, cuyos problemas se habían resuelto, a la disposición de dar gracias existenciales a Dios por su ayuda, es decir, a permitir que nuestras vidas se dejaran moldear por este agradecimiento. De nosotros, que nos habíamos reorientado por completo hacia la Pascua, en la que celebramos la resurrección de Cristo crucificado.
“Si no hay palabras, que haya canto y demos gracias bien de adentro; atesoremos de este encuentro la bendición que Dios ha dado. Que nos conceda estar de nuevo al convocar a su pueblo” (Cancionero Canto y Fe N° 103).
Ingrid Mai