Cuando los allí reunidos oyeron esto, se afligieron profundamente, y preguntaron a Pedro y a los otros apóstoles: – Hermanos, ¿qué debemos hacer? Pedro les contestó: “vuélvanse a Dios y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo, para que Dios les perdone sus pecados, y así él les dará el Espíritu Santo”.
Hechos 2,37c-38
Las palabras del apóstol Pedro (Hechos 2,14-36) habían calado hondo en los corazones de sus oyentes, que ahora, “profundamente afligidos” —en otras versiones, “conmovidos sus corazones” o “traspasados sus corazones”—, le preguntan como rogando por ayuda: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”. Pedro les respondió con aquel primer llamamiento: “Vuélvanse a Dios”. Y muchos le hicieron caso y también se bautizaron en nombre de Cristo para recibir, por gracia, el perdón de sus pecados y el Espíritu Santo.
Cuando abandonamos aquel camino intransitable, nos demoramos y atrasamos. Cuando no pudimos continuar con ese proyecto en el que habíamos trabajado tan duro y con tanto cariño, pensamos con pesar que habíamos fracasado. Un día abandonamos esa vida que ya no nos convenía. Entonces recordamos que Cristo estuvo presente para ayudarnos a decidir y darnos el poder para salir de allí. Volvimos, pero no fue como retroceder ni perder, sino como recuperar la vida que hacía tiempo que habíamos perdido. De regreso, recordamos que fue el Espíritu Santo quien nos conmovió con su amor y pudimos cambiar, pedir perdón y reconciliarnos con él. También decidimos perdonar a quienes nos habían ofendido y pedir perdón a quienes habíamos ofendido. Y, al final de aquel regreso, nos encontramos muy lejos, adelante, reconciliados, en paz y pudimos alegrar- nos de nuevo. Amén.
Delcio Källsten