Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir.
Jeremías 20,7
Jeremías expresa con crudeza el dolor de quien ha sido llamado por Dios y, al obedecer, enfrenta rechazo, burla y sufrimiento. No es una queja superficial, sino el grito profundo de un corazón que ama a Dios, pero que también se siente herido por el peso de su misión.
Este pasaje nos recuerda que seguir a Dios no siempre es cómodo ni popular. A veces, la fidelidad nos lleva por caminos de incomprensión, soledad o lucha interior. Jeremías no oculta su angustia, pero tampoco renuncia a su llamado. Aunque dice que no hablará más en nombre de Dios, su palabra arde como fuego en su interior, y no puede callar.
Es como cuando sentimos que todo nos empuja a rendirnos, pero algo más fuerte dentro de nosotros nos impulsa a seguir. Esa fuerza es la presencia viva de Dios, que no nos abandona, incluso cuando dudamos o nos sentimos rotos.
El desafío es aceptar que la fe auténtica no siempre se vive en la calma, sino también en la tormenta. Dios no nos promete una vida sin dolor, pero sí una compañía que no falla. Como Jeremías, podemos llorar, gritar, dudar… pero también confiar en que Él sostiene nuestra vocación, incluso cuando todo parece oscuro.
Oración: Señor, cuando me sienta cansada, confundida o herida por seguirte, recuérdame que tu palabra es fuego que da vida. Que no me falte la valentía para ser fiel, ni la ternura para confiar en tu presencia. Amén.
Tamara Dietze Reckziegel