Entonces me dijo: “¿Crees tú que estos huesos pueden volver a tener vida?” Yo le respondí: “Señor, sólo tú lo sabes”.
Ezequiel 37,3
Hace un tiempo, mientras caminaba por una zona rural bastante descampada, me topé con los huesos secos de lo que habían sido cuatro ovejas. Me quedé observándolos, preguntándome qué había sucedido. Allí donde alguna vez hubo vida, ahora solo quedaban vestigios. En ese momento, recordé esta visión tan poderosa del profeta Ezequiel que, personalmente, siempre me ha movilizado mucho.
En su visión, el profeta plantea la cuestión central de si los huesos secos pueden tener vida nuevamente, es decir, si aquello que ha muerto puede volver a tener vida. Y se responde a sí mismo que solo Dios lo sabe, que no está en nuestras manos.
La visión del profeta es tan poderosa en cuanto a sus imágenes que quizás nos resulte un poco difícil reconocer, en comparación, todas las situaciones de “huesos secos” que vuelven a la vida que experimentamos en la vida cotidiana. Cuando los padres se reconcilian con sus hijos luego de un conflicto, cuando la gente se moviliza en solidaridad frente una gran necesidad colectiva, cuando congregaciones casi sin actividad vuelven a florecer, cuando encontramos sentido a la vida tras un periodo de profunda depresión, cuando encontramos trabajo luego de un largo periodo de desempleo… Todas ellas son situaciones en las cuales la vida vuelve a los huesos secos. Ustedes, desde su propia experiencia, podrán agregar otras situaciones a las recién nombradas.
En mi mente resuena la pregunta de Ezequiel: ¿pueden los huesos secos volver a tener vida? Con la certeza que da la vida en la fe, me animo a decir que sí.
Gracias, Dios, por llenarnos de vida aún en la muerte y la oscuridad. Amén.
Sonia Skupch