Miércoles 20 de mayo

Hay también gente de Roma que vive aquí; unos son judíos de nacimiento y otros se han convertido al judaísmo. También hay venidos de Creta y de Arabia. ¡Y todos les oímos hablar en nuestras propias lenguas de las maravillas de Dios!

Hechos 2,11

Me gusta pensar que, como cristianos, somos una gran familia. Aunque somos diferentes y vivimos en países distintos, permanecemos unidos por un lazo de amor tan grande que no hay distancias ni barreras que nos impidan la comunión y el entendimiento mutuo.
Uno de los momentos en los que experimento con mayor intensidad esa comunión es durante la celebración del Día Mundial de la Oración* (DMO): personas de todo el mundo celebrando un mismo culto durante 24 horas, con una misma intención, pero en diferentes idiomas. De hecho, es notable la energía que se siente
durante la celebración; parece que el Espíritu Santo está tan presente que sentimos el calor de su abrazo. Seguramente a Dios le resulta grato lo que vivimos en esos momentos.
El DMO es un movimiento muy especial, tengo que decirlo…
Creo que Pentecostés es eso, no solo aquel momento espectacular en el que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos reunidos en forma de lenguas de fuego. Es cada vez que, como familia, nos unimos en un mismo sentir, sin distinciones ni discriminaciones.
¡Qué bueno sería poder tener siempre ese mismo sentir en cada actividad! Pero eso no es posible si, en lugar de utilizar nuestros labios para hablar de las maravillas de Dios, los utilizamos para criticarnos y maltratarnos…
Tarea para hoy (y ojalá para todos los días): usar mis labios solo para compartir cosas positivas; que mis palabras sean constructivas, un bálsamo para los corazones tristes y testimonio de la grandeza de Dios.

Estela Andersen

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