No me dejes solo y sin amparo, pues tú eres mi Dios y salvador.
Salmo 27,9b
A nadie le gusta sentirse solo, desamparado, desprotegido ni desabrigado. No es de extrañar, pues somos seres sociales y necesitamos a los demás. Imaginarnos en soledad puede darnos escalofríos y dejarnos un sabor amargo.
La súplica del salmista a Dios en estos versículos nos resulta, estoy casi segura, bastante familiar. Muchas veces nos hemos visto en la misma situación: pedir a Dios que no nos abandone, que esté a nuestro lado; le pedimos que no nos desampare ante tanta soledad mundana. Y aunque a veces no lo sintamos así, quiero que sepas que esa súplica tiene una respuesta incondicional, pues Dios prometió no abandonarte ni a ti ni a mí.
Esa misma certeza de que Dios está con nosotros debe impulsarnos y motivarnos a hacer lo mismo: caminar con quien nadie quiere caminar, tender la mano a quien nadie quiere saludar y no apartar a quien nadie incluye.
Hoy, ahí fuera, nuestros hermanos y hermanas nos necesitan. No cerremos los ojos ante las injusticias, los problemas y la necesidad. La sociedad de hoy aparta, abandona, desprotege y desampara. Hoy y cada día de nuestras vidas podemos decidir ser instrumentos de Dios en la tierra y no ser parte de una sociedad cada vez más egoísta e individualista. Empecemos hoy a caminar juntas y juntos, y construyamos cada día un futuro más abierto de brazos, más cálido y más humano.
Señor, que pueda ser instrumento de tu paz, donde haya odio, que yo ponga el amor. (Oración de San Francisco de Asís)
Alexandra Löblein