¿Por qué mi dolor nunca termina? ¿Por qué mi herida es incurable, rebelde a toda curación? Te has vuelto para mí como el agua engañosa de un espejismo.
Jeremías 15,18
Muchas veces, como cristianos, también nos enfadamos con Dios. En medio de la desesperación, la ira y la angustia, vemos que nuestro Padre no responde a nuestras peticiones. ¿Cómo es posible? Si como cristiano, oro, alabo, perdono y actúo según su voluntad.
Cuenta la historia de un joven que vivía en la colonia. Una noche, de regreso a su casa, se quedó atascado en el camino de tierra a causa de una fuerte tormenta. De pronto, vio una luz de un móvil y le hizo señas para que lo socorriera, pero el conductor no frenó. Sumido en la angustia, se dio cuenta de que la persona que había pasado era su padre y no entendía por qué no le había ayudado. Tras unos minutos, volvió a ver unas luces, pidió auxilio y, esta vez, el conductor se detuvo. El joven se sorprendió al ver que se trataba de nuevo de su padre y, enfadado, le preguntó por qué no había parado antes. El padre, con paciencia, respondió:
—Ahora tengo el tractor, que seguro que servirá para sacar el coche. Antes solo tenía el coche, que no me iba a servir de nada.
Somos como aquel joven y como Jeremías en el fragmento bíblico: reclamamos la misericordia de Dios en tiempos de tormenta y no comprendemos por qué no nos responde. Sin embargo, Dios tiene un plan divino y nos muestra su amor en el momento y de la manera adecuados. En medio de la inquietud, simplemente debemos ser pacientes, tolerantes y fortalecernos mediante la oración, para que, en el momento indicado, la luz de Dios se muestre y nuestro dolor pueda terminar.
Johana Hanske