En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra. La tierra no tenía entonces ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios se movía sobre el agua.
Génesis 1,1-2
Dios es, por excelencia, un formador y no un destructor. Dios construye y ordena para que las cosas funcionen con equilibrio. En todo caso, los seres humanos, creados a su imagen y semejanza, no entendemos esta lógica divina o, mejor dicho, no la aceptamos; por esa razón, desordenamos y destruimos.
Es interesante que la religión y la ciencia coincidan en que hay un principio de todo lo existente. Ambas coinciden en que hay un comienzo de todo lo existente, un principio de las cosas. Un tiempo de nacimiento. También coinciden en que hay un artífice de ese tiempo y orden. Nosotros le llamamos Dios; ellos, de otra manera. Coinciden en que cada objeto y ser creado lleva el sello del creador. Su energía. Nosotros le llamamos Espíritu. El ruaj (aliento-soplo) de Dios.
Si ciencia y religión, fe y razón pueden tener puntos de encuentro, con más razón los seres humanos tenemos que tomar real conciencia que somos parte fundamental de esa creación y que el deber existencial y espiritual es honrar y adorar al creador, cuidando de todo aquello que es fundamental para la vida y su desarrollo pleno.
El progreso no puede ir asociado al desorden y la destrucción de nuestra casa común. Por el contrario, el espíritu de Dios se eleva y nos eleva para que no ganen la partida la oscuridad de la ambición a cualquier precio, la contaminación, el uso, abuso y desperdicio de los recursos naturales, la mezquindad y otros tantos malos comportamientos. La fe y la religión consisten, ante todo, en trabajar por el bien común como un bien propio.
“Al Dios creador damos gracias por el pan que nos da de la tierra. Al Dios redentor damos gracias, que por Cristo nos da vida plena” (Cancionero Canto y Fe N° 367).
Jorge Buschiazzo