Miércoles 29 de abril

Nadie es comparable al Señor nuestro Dios, que reina allá en lo alto; y que, sin embargo, se inclina para mirar el cielo y la tierra. El Señor levanta del suelo al pobre, y saca del lugar más bajo al necesitado para sentarlo entre gente importante, entre la gente importante de su pueblo. A la mujer que no tuvo hijos le da la alegría de ser madre y de tener su propio hogar.

Salmo 113,5-9

Como en tantas otras porciones bíblicas, vemos a Dios atento a los dolores de la gente empobrecida y vulnerada de tantas maneras. Este pasaje dice que, si bien Dios está en lo alto, su mirada y su corazón están en lo más bajo. Dice incluso que Dios se inclina, se acerca, acorta las distancias, por así decirlo, cambia de posición para atender mejor a quienes están en el suelo, en el lugar más bajo, donde las personas en su insensibilidad tratan de no poner su mirada.
Dios hace visible lo invisibilizado y habla de personas empobrecidas y necesitadas a las que describe como tiradas, quizá al lado de un camino, entre el polvo. Es interesante, porque una de las afirmaciones que hemos oído muchas veces es que del polvo venimos y al polvo hemos de regresar. Sin embargo, se habla poco de que la expectativa cristiana también es resucitar del polvo en todos sus sentidos, tanto metafóricos como concretos. El Dios que nos describe el salmista no permite que las personas empobrecidas estén muertas en vida a los costados del camino, para que se salven luego.
Dios saca del lugar de oprobio a las personas que sufren y promete sentarles en los lugares reservados para la gente “importante” (es decir -en términos sociales- los que sí importan para el modelo de la sociedad). Parece ser que Dios mira lo importante de otro modo. Por eso el llamado de la iglesia es a procurar que el mundo sea mucho más que una casa común, que sea un hogar donde la vida tenga lugar y la madre vea crecer los niños con pan y alegrías. Que así nos ayude Dios.

Jorge D. Zijlstra Arduin

Compartir!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email
Print