El Señor me dijo: «Grita fuertemente, sin miedo, alza la voz como una trompeta; reprende a mi pueblo por sus culpas, al pueblo de Jacob por sus pecados. Diariamente me buscan y están felices de conocer mis caminos, como si fueran un pueblo que hace el bien y que no descuida mis leyes; me piden leyes justas y se muestran felices de acercarse a mí, y, sin embargo, dicen: “¿Para qué ayunar, si Dios no lo ve? ¿Para qué sacrificarnos, si él no se da cuenta?” El día de ayuno lo dedican ustedes a hacer negocios y a explotar a sus trabajadores; el día de ayuno lo pasan en disputas y peleas y dando golpes criminales con los puños. Un día de ayuno así, no puede lograr que yo escuche sus oraciones. ¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse, en agachar la cabeza como un junco y en acostarse con ásperas ropas sobre la ceniza? ¿Eso es lo que ustedes llaman “ayuno”, y “día agradable al Señor”?
Isaías 58,1-5
Jesús enseña sobre las prácticas privadas de nuestra fe en su sermón de la montaña (Mt 6,1-18). El Maestro destaca su vigencia a la vez que rechaza su uso hipócrita.
Isaías, el profeta mesiánico, nos recuerda en el texto de hoy que Jesús retoma esa voz potente de Dios. La liviandad hipócrita de la práctica del ayuno, motivada por la soberbia de pensar que Dios no nos ve, es un pecado grave. Y aún más si ese ejercicio piadoso va acompañado de actos de violencia y no de paz.
Oración: Señor, ayúdame a que mi vida de fe privada se muestra en mi vida pública.
Marcelo Figueroa