Acamparon en Refidim, pero no había agua para que el pueblo bebiera, así que le reclamaron a Moisés, diciéndole: “¡Danos agua para beber!”. “¿Por qué me hacen reclamaciones a mí? ¿Por qué ponen a prueba a Dios?” —contestó Moisés
Éxodo 17,1-2
Este pasaje nos remonta al corazón del éxodo, el acontecimiento central de la fe del pueblo de Dios, que se ha transmitido de generación en generación y que evidencia una clave sobre la manera en que Dios se revela, actúa, interactúa y es. El éxodo es un acontecimiento salvífico, el momento en que Dios obra el paso de la esclavitud a la liberación. En él, Dios se manifiesta como liberador, compañero y partícipe de la historia de su pueblo.
En ese contexto, el pueblo tiene sed y lo reclama. Y en lugar de rechazar su queja, Dios la escucha. Dios hace lugar al malestar, lo reconoce y responde. Es una forma de ser de Dios, que se repite a lo largo de toda la Escritura: la sed del pueblo es también la sed de justicia, de dignidad, de sentido y de esperanza.
Este reclamo resuena siglos después en el Evangelio de Juan (capítulo 4), cuando Jesús le dice a la mujer samaritana: “Dame de beber”. En ese encuentro, el mismo Dios hecho humano, ofrece el agua viva que sacia para siempre. Es un Dios que dialoga desde el amor y sale al encuentro, dejándose transformar.
El relato del Éxodo no es solo memoria antigua, es también una guía para el presente. Nos invita a caminar en confianza, y a comprometernos con ese proyecto de Dios, que anhela plenitud para toda la creación.
“Dios nos manda a hacer de este mundo una mesa donde haya igualdad, trabajando y luchando juntos por el bien de la humanidad” (Cancionero Canto y Fe Nº 93).
Stefanie Kreher