Miércoles 8 de abril

 

Y a ese hombre, que conforme a los planes y propósitos de Dios fue entregado, ustedes lo mataron, crucificándolo por medio de hombres malvados. Pero Dios lo resucitó, liberándolo de los dolores de la muerte, porque la muerte no podía tenerlo dominado.

 

Hechos 2,23-24

 

La cruz parecía el final. Para los discípulos, la muerte de Jesús supuso una derrota y una tragedia que apagó toda esperanza. Sin embargo, lo que parecía el final fue, en realidad, el principio de la mayor victoria: Dios tenía la última palabra. Cristo venció a la muerte.
Jesús se entregó a la voluntad de Dios, padeció el maltrato y la humillación del poder y fue entregado a la muerte. Aun así, se entregó plenamente confiando en Dios porque sabía que había un plan y nada escapa a su voluntad. Lo que para nosotros pudiera parecer un fracaso, en las manos de Dios puede transformarse en algo nuevo y valioso.
Así como Dios levantó a Jesús de entre los muertos, también puede traer esperanza a nuestras situaciones más difíciles. Da igual lo oscuro que parezca el camino, la resurrección nos asegura que la última palabra no la tienen el dolor, la injusticia ni la muerte, sino el Dios de la vida.
Enfrentemos el día de hoy con confianza. Si Dios venció a la muerte, también puede obrar en nuestras vidas, dándonos fuerzas para seguir adelante y esperanza para el futuro. Y, aun en la muerte, sabemos que Dios está. ¡Cristo vive, y en Él tenemos vida eterna!

 

Carlos Kozel

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