Sábado 13 de septiembre

 

Pero Dios tuvo misericordia de mí, para que Jesucristo mostrara en mí toda su paciencia. Así yo vine a ser ejemplo de los que habían de creer en él para obtener la vida eterna. ¡Honor y gloria para siempre al Rey eterno, al inmortal, invisible y único Dios! Amén. .

 

1 Timoteo 1,15-17

 

Cuando alguien a quien estimamos cumple años, obtiene un logo académico, se casa, celebra su día especial, o queremos felicitarlo, le hacemos un regalo.
Ese obsequio muchas veces es pensado y elegido en función de lo que sabemos que les gusta, les apasiona o les hace falta. Buscamos agradar a nuestro ser querido al materializar un regalo que satisfaga sus carencias, llene su corazón de gozo y le brinde alegría.
Al recibir un regalo, tenemos dos opciones: rechazarlo o aceptar y agradecerlo.
Nuestro Padre celestial nos regala su amor y su gracia infinita. Me pregunto: ¿quién soy yo para merecer tal regalo? ¿Qué hago para ser digna de su misericordia?
Intento imaginar cuán grande es el amor de Dios y, inevitablemente, encuentro mis propias sombras y oscuridades: egoísmo, avaricia, apatía y desinterés. Así, me doy cuenta de cuánto necesito de su regalo. Soy imperfecta y carente.
Oremos: Gracias, amado Padre, por darnos tanto a pesar de no ser merecedores.
Gracias por la oportunidad diaria de reconocer mi necesidad y buscar en tu palabra el sustento para guiar mis pasos.
Gracias por la certeza de la salvación a través de Jesucristo. Amén.

 

Silvana Nagel

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