Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después. La creación espera con gran impaciencia el momento en que se manifieste claramente que somos hijos de Dios.
Romanos 8,18-19
El sufrimiento forma parte inseparable de la vida de todos los seres creados por Dios. Desde una gripe, un accidente doméstico o de tránsito, la ruptura de una relación familiar o de amistad, o el fallecimiento de un ser querido, son todas situaciones que nos producen dolor. Son circunstancias que nos sacuden y pueden desmoronarnos emocionalmente. Cuando nos toca pasar por situaciones así nos preguntamos: ¿Por qué tengo que sufrir? ¿Qué mal hice yo para merecer esto? ¿Por qué justo a mí? Muchas veces suponemos que nuestro sufrimiento es injusto, que Dios nos abandonó, y hasta hay personas que sienten la adversidad como un castigo.
Sin embargo, el apóstol Pablo hablaba de las dificultades con la misma naturalidad con la que hablaba también de los días buenos y felices. Y escribía con plena autoridad, no desde un cómodo escritorio, opinando sobre los sufrimientos de otros, sino sobre los que también él padecía: persecuciones, cárceles, torturas, hambre, falta de ropa, y amenazas de muerte por amor y fidelidad a Jesús.
Pablo no veía en los sufrimientos un castigo, ni un medio de purificación o una forma de ganar méritos. Sino que estaba convencido de que eran frutos de su fidelidad a Dios. El apóstol nos invita a tener la plena certeza que los sufrimientos del tiempo presente no tendrán la última palabra, sino que al fin prevalecerán el poder y el amor de Dios. Y la creación entera celebrará esa victoria.
“Cuando el Señor nos libre de este cautiverio, / parecerá un sueño / y nuestra boca sonreirá contenta / y cantaremos sin cesar… Cuando el Señor construya nuestro horizonte, / parecerá un sueño. / y nuestros ojos verán sorprendidos / un nuevo mundo germinar” (Cancionero Canto y Fe Nº 246).
Bernardo Raúl Spretz