Sábado 24 de enero

 

El mensaje de la cruz es ciertamente una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, es decir, para nosotros, es poder de Dios.

 

1 Corintios 1,18

 

El mensaje de la cruz es escandaloso porque desarma toda pretensión humana de ser autosuficiente. En un mundo obsesionado con el esfuerzo individual, el éxito medible y la religión como sistema de recompensas, la gracia de Dios irrumpe como una revolución: “Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado… no es resultado de las obras, para que nadie se vanaglorie” (Efesios 2,8-9). Mientras las sociedades —incluso las religiosas— premian al “merecedor”, la cruz declara que el amor de Dios se da gratis al indigno.
Esto es locura para quienes creen que la espiritualidad es un negocio de intercambio: “Yo cumplo, Dios me paga”. Los fariseos del tiempo de Jesús, y muchos hoy, reducen la fe a una lista de normas, votos políticos o apariencias piadosas. Pero la cruz desmonta esa lógica: el ladrón arrepentido no tuvo tiempo de “hacer méritos” (Lucas 23,43), y el hijo pródigo fue abrazado antes de disculparse (Lucas 15,20).
La gracia da vuelta a las cosas, porque humilla al orgulloso y levanta al quebrantado. Nos recuerda que nadie es tan perfecto como para prescindir de la misericordia, ni tan roto como para ser excluido de ella. Por eso sigue siendo poder de Dios: transforma desde dentro, sin coerciones, porque quien experimenta el perdón inmerecido aprende a perdonar (Mateo 18,21-35).
Vivir esta verdad exige soltar la necesidad de control: dejar de juzgar al diferente, de acumular méritos espirituales y de convertir la fe en un ídolo de auto glorificación. La cruz nos llama a recibir y dar amor… sin condiciones. Ese es el evangelio más auténtico.

 

Eugenio Albrecht

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