Él llevo sobre la cruz nuestros pecados, cargándolos en su cuerpo.
1 Pedro 2,24
De pequeña, recuerdo haber llorado desconsoladamente al escuchar el relato de la expulsión de Adán y Eva del paraíso. Tenía unos cinco años y mi hermana del medio, que también era niña, intentaba calmarme. Estaba angustiada porque me parecía injusto; recuerdo que, entre lágrimas, decía: “¡Yo no tengo la culpa, fue Eva quien comió la manzana! ¿Por qué no pudimos quedarnos en el paraíso? ¡Es culpa de ellos! ¡Yo no estaba!”. Recuerdo perfectamente la angustia que esto me causaba y los intentos de mi hermana por tranquilizarme.
Han pasado muchos años. Ya no lloro desconsoladamente cuando lo recuerdo, pero sí siento una mezcla de gratitud y dolor en el corazón. Cuando Cristo cargó sobre su cuerpo mis pecados, cargó también sobre sí mis dudas, mis contradicciones, mis tristezas, mis frustraciones, mis recuerdos dolorosos, mis ausencias, mis abandonos, mis rencores, mi maldad, mis iras, mis ingratitudes, mis temores, mis faltas de compasión, mis faltas de misericordia, mis faltas de paciencia y tantas cosas más… Fui la llaga en sus manos y en sus pies; fui la herida de espinas en su cabeza; fui la herida de su costado. Y todo lo soportó por amor a mí. Su entrega permitió que esa niña que lloraba por sentir una culpa que no había provocado se reconciliara, como hija de Eva, con su historia y encontrara la paz, el amor y el consuelo al saberse amada y perdonada como hija de Dios. Y como tal, saber que tiene un lugar allí, junto a él.
Patricia Pérez Mazzone