Sábado 4 de julio

¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo? Solamente Dios, a quien doy gracias por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Romanos 7,24b-25a

Al reflexionar sobre el rol de la ley, Pablo está como en un círculo sin salida. Comprende que la ley le ha hecho consciente del pecado, es decir, de su imperfección, y que el pecado, valiéndose de sus propios mandamientos, da lugar a toda clase de malos deseos en él. Quizá por eso se siente frustrado: “Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer el bien, solamente encuentro el mal a mi alcance”.
Pablo nos recuerda la naturaleza quebrantada del ser humano con la que se lucha. En la defensa de la Confesión de Augsburgo, Martín Lutero afirma que no hay personas buenas ni malas, y que nada es pecado si no se trata de un acto deliberado. La premeditación, la intencionalidad o la voluntad de lo que elegimos hacer es la responsabilidad de cada persona. Saber y aceptar las consecuencias de nuestras acciones nos ayudará a centrarnos en lo que nos dignifica, reconociendo nuestras limitaciones y oportunidades.
Dios ha reconciliado a toda persona que le sigue en fe, dándole la oportunidad de tomar consciencia de la gratuidad de la salvación. La muerte y resurrección de Cristo nos invita a vivir conscientes de nuestra identidad cristiana, que consiste en disfrutar del abrazo divino, imitando el discipulado de Jesús, que, con la inspiración divina, nos permite experimentar su amorosa gracia.
Oración cantada: “Dios esta en ti, tan cierto como el aire que respiras, tan cierto como la mañana se levanta, tan cierto como que le canto y te puede oír” (Cancionero Canto y Fe N° 94).

Patricia Cuyatti Chávez

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