Pablo, llamado por la voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús, saluda, junto con el hermano Sóstenes, a los que forman la iglesia de Dios que está en Corinto, que en Cristo Jesús fueron santificados y llamados a formar su pueblo santo, junto con todos los que en todas partes invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor nuestro y del pueblo santo.
1 Corintios 1,1-2
Pablo no comienza su carta con reproches o marcando errores de la comunidad, sino hablando de lo identitario en la vida de esos creyentes. Lo hace con dos verdades esenciales: que ellos son santificados en Cristo y que están llamados a ser santos. La primera es un regalo: por la obra de Jesús, ya pertenecen a Dios. La segunda es un camino: viven cada día respondiendo a ese llamado. Todo esto en una ciudad como Corinto, llena de tensiones, diversidad cultural y tentaciones, resultarían ser un ancla para la fe de aquellas personas.
Pensando en lo anterior, no importa cuán frágil sea nuestra fe o cuán imperfecta nuestra comunidad: en Cristo ya hemos sido amados y salvados.
En nuestra vida personal, esto significa que nuestras decisiones —sean en el trabajo, el hogar, o en el trato con los demás— no se guían por conveniencia, sino por nuestra identidad en Cristo. En la vida comunitaria, nos invita a reconocer que no estamos solos, sino que formamos parte de un pueblo que en todo lugar invoca el nombre del Señor.
Y esto lo podemos cultivar con hábitos concretos: comenzar el día con una oración, practicar la gratitud, buscar reconciliación en los conflictos en vez de acrecentarlos, servir con generosidad movidos por el amor y la compasión hacia nuestro prójimo. De esta manera, aquello que ya recibimos de Cristo, se convierte en testimonio vivo de que Jesús es Señor de todas las personas, de nosotros y nosotras. Jesús no nos reprocha nada, sino que nos invita a recordar nuestra identidad como hijos e hijas de Dios. ¡Y qué lindo sería aceptar esa invitación!
Joel A. Nagel