Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!”.
Romanos 8,14-15
En tiempos en los que existía la esclavitud, familias enteras eran privadas de su libertad y sometidas al dominio de un amo, viviendo situaciones de violencia, explotación y abuso.
En la actualidad, también suelen aparecer denuncias sobre condiciones de esclavitud y trata de personas en talleres clandestinos, fábricas o granjas donde seres humanos son obligados a realizar tareas en ambientes inhumanos, con malos tratos y magros salarios.
Las víctimas suelen ser personas extranjeras o de otras provincias a las que se engaña con promesas de trabajo y a las que se les quitan los documentos. Estas personas viven con miedo a las represalias y a la muerte.
El apóstol Pablo utiliza esta imagen y declara, en sentido figurado, que así se sentían las personas antes de tener comunión con Jesús. Vivían como esclavas de la ley de Moisés y de una serie de mandatos, no movidas por la confianza y el amor a Dios y al prójimo, sino por el temor ante un ser supuestamente autoritario y riguroso.
El Espíritu Santo nos permite tener una nueva relación con Dios por medio del bautismo y la fe. Podemos reconocerlo y llamarlo “Padre”, “Papá” o “Papito” (Abbá). Y podemos acercarnos a él con la misma naturalidad y confianza con la que los niños se acercan a sus padres. Que el Espíritu Santo guíe nuestros pensamientos, decisiones y acciones para que vivamos como hijas e hijos de Dios.
“Ven Santo Espíritu de Dios, / y mora en nuestro ser; / oh, clara fuente de visión, / de vida y de poder… / El testimonio danos ya / que somos del Señor; / que Cristo, por la eternidad, / nos guardará en su amor” (Cancionero Canto y Fe Nº 79).
Bernardo Raúl Spretz